miércoles, 11 de noviembre de 2009
sábado, 7 de noviembre de 2009
Conflicto Mapuche: De la negación al respeto
En el mismo período la nación mapuche era independiente y soberana, aunque si bien no había creado un Estado de acuerdo a parámetros occidentales. Ejercía el control efectivo sobre un territorio determinado, en el cual vivían al menos desde hacía varios siglos. Poseían un sistema de organización social (formas de gobierno), y estaban en plena capacidad de mantener relaciones con Estados vecinos. Tal como demuestra, los tratados firmados entre la nación Mapuche y el Imperio Español, y los numerosos parlamentos en los cuales se trataban cuestiones diplomáticas, problemas de límites, relaciones comerciales, etc.
De acuerdo con la Convención de Montevideo, el estado como persona de Derecho Internacional debe reunir los siguientes requisitos: a) Población permanente, b) Territorio determinado, c) Gobierno, d) Capacidad de entrar en relaciones con los demás Estados. Por lo cual, no sería errado considerar al pueblo mapuche, como una nación que perdió su “Estado” y vio consquistado su territorio por potencias extranjeras.
En este sentido, y desde una perspectiva histórica, ¿cómo debiera interpretarse el “conflicto mapuche”?: como la necesidad de reconocimiento de la diversidad cultural de un segmento de la población?, como el oportunismo de algunos para sacar beneficios materiales de una deuda histórica?, como los resabios de la invasión de dos países al territorio de un Estado vecino nunca reconocido como tal?, como un "simple" problema de justicia social?, como un problema de comunidades particulares?.
Para subsanar el problema endémico de las deudas históricas, de las negaciones, de las responsabilidades de las pasadas generaciones, habría que reconocer el derecho de todo pueblo a la libre determinación, aquí y ahora. Si el día de mañana la nación mapuche decidiera formar un Estado reinvindicando parte de los territorios que ocupaban hace poco más de 120 años, en honor a la justicia, poco podrían hacer los Estados argentino y chileno, más allá de ayudarlos en su empeño.
Un elemento interesante y fundamental de la Convención de Montevideo, es que el reconocimiento de que “la existencia política del Estado es independiente de su reconocimiento por los demás Estados”, en contradicción a la teoría política que señala que solo existe Estado cuando este es reconocido por otros Estados. Es decir, bastaría que ellos se lo dieran, aunque casi nadie lo reconociera (como ocurre con Abjasia y Osetía del Sur) y constituiría un Estado. Ahora bien, tampoco bastaría la declaración unilateral de independencia y el reconocimiento político de aliados hipotéticos (al estilo kosovar), pues “... ni el reconocimiento es suficiente para crear un estado, ni su ausencia lo suprime.”
Quizás falte un tiempo, si seguimos las fases que señaló Gandhi que tenía toda lucha por una causa justa. Ya pasamos por la “negación” (de largas décadas), la “burla” (de nuestra clase dirigente) y la “indiferencia” (del grueso de la población), ahora estamos en la transición de la “calumnia” (de los medios) a la “represión” (de las fuerzas del Estado chileno) ... para que un buen día, esperemos no demasiado lejano, llegue el momento del “respeto" (por la nación vecina).
lunes, 29 de junio de 2009
Algún día aprenderán a vengarse ...
“... Desde mucho tiempo atrás estaban en vigencia leyes que amparaban la propiedad de los indios reconociédoles su derecho de posesión del suelo que ocupaban; pero esto no fue un obstáculo para la codicia de nuestros civilizadores: no uno, cien procedimientos encontraron para burlar la ley y despojar a los indígenas, unos disimulados e injeniosos, groseros y descarados otros.
De acuerdo o no con el notario (porque algunas veces era éste sorprendido) se extendía la escritura, en que el supuesto cacique vendía su propiedad al aventurero por una suma proporcionada, de que se daba por recibido; el comprador, por lo común le dejaba por cuatro o cinco años el dominió de la ruca y de algunos terrenos adyacentes sin gravamen alguno y solo a condición de que le cuidase la propiedad. El mapuche, naturalmente, no sabía firmar; lo hacía a ruego un amanuense cualquiera, y el negocio quedaba concluido.
Años después, fenecido el plazo que se había fijado en la escritura para la entrega total de la propiedad, y cuando ya se había extendido la opinión de que el aventurero era dueño de vastos dominios, se presentaba éste a la ruca del cacique a exigir el cumplimiento de lo pactado. La víctima que, como no tenía noticia de lo que en su contra se había fraguado, no entendía una palabra de lo que se le pedía, naturalmente se negaba a entregar su hogar y sus tierras a aquel advenedizo. Entraba entonces a obrar la justicia y después de los trámites acostumbrados, se presentaba algún ministril acompañado de fuerza pública y lanzaba de su propiedad a1 infeliz indio, le destruía sus sementeras, le quitaba sus ganados para pagarse de las costas y le quemaba su ruca, para que no tuviese la idea de volver a reconquistarla.
El cacique tenía que alejarse con sus mujeres y sus hijos, y volviendo la cabeza a la distancia para mirar por última vez la rústica choza en que había nacido, a1 verla presa de las llamas, se humedecian sus ojos y proferían sus labios una maldición contra aquella cultura que llegaba hasta sus tierras, y jurando vengarse se internaba en las selvas. Pero aquel desdichado no se vengaba generalmente, porque la civilización que le arrebató cuanto tenía, tuvo caridad con él y le dio los medios de calmar las amarguras de la vida, le enseñó a beber alcohol y con este precioso lenitivo el mapuche, enervando sus sentidos, perdió su energía vengadora ...”
Julio Valdés,
“Sinceridad: Chile íntimo en 1910”,
(pp.172-173), Imprenta Universitaria, Santiago, 1910
